¡S.O.S! Me he enamorado, de Trinidad Fuentes. Capítulos 5 y 6

5

ISABEL

En lo que va de mañana, Alberto, el vicerrector, ha pasado por delante de mi escritorio tres veces, y las tres se ha parado. La primera cuando salía a reponer fuerzas, se ha acercado y me ha preguntado si había desayunado, he asentido con la cabeza. ¡Cómo voy a desayunar si no me sale ni la voz! Solo pensar en la comida me entran arcadas. La segunda, cuando regresaba, me ha preguntado si estaba haciendo una sustitución, no recordaba haberme visto hasta hoy. He negado con la cabeza y en un hilo de voz ha navegado la frase: — Llevo aquí unos cuantos años.

La tercera hace unos diez minutos, ha salido de su despacho directo a mí y me ha propuesto tomar algo esta tarde.

— Para hablar relajadamente, así, tú que llevas tiempo aquí, me pones al día — han sido sus palabras exactas.

He aceptado con una sonrisa rígida, la tensión nerviosa me impide gesticular con normalidad, la taquicardia se agudiza ¡voy a tener que ir a urgencias! La compañera de al lado me observa de reojo, prefiero que me mire a que me hable, tiene fama de agorera. Me levanto, necesito ir al baño y meter la cabeza bajo un chorro de agua fría, bueno, mejor empaparé un pañuelo y me lo pasaré por la frente. Vuelve a salir de su despacho, nos topamos, nos miramos unos segundos, tiemblo, noto un sudor frío, definitivamente hoy acabo en urgencias… Llego con dificultad al lavabo, me suena el móvil, lo saco del bolso (lugar donde quisiera meterme en estos momentos, escondidita), es un mensaje de Olga: — ¿Sigues decidida a venir esta tarde al gimnasio?

Muy oportuna la pregunta, si consigo liberarme de la petrificación que sufren la mayoría de mis miembros, iré. Le respondo que sí y que tengo que contarle algo. No me da tiempo de abrir el grifo cuando vuelve a sonar el móvil:

— ¿Algo? ¿Bueno o malo? — Así es Olga, “al grano”, ¡yo qué sé si es bueno o malo! Le respondo que es algo raro. Silencio el teléfono, intento tranquilizarme. Mi amiga es una mujer práctica, cuando le cuente que me gusta el nuevo vicerrector lo primero que me va a preguntar será su estado civil.

Admiro a Olga y su pragmatismo. Es una mujer tremendamente inteligente, con cuatro carreras universitarias, tres doctorados, el dominio de siete idiomas, posgrados y masters. En el instituto iba varios cursos avanzados a su edad. De familia obrera, a los treinta y pocos ya había alcanzado el rango de persona acomodada, después, cuando se casó con Logan, elevó su estatus a la enésima potencia. Lo mejor es que sigue siendo ella misma, la chica avispada, sencilla y leal de toda la vida. Durante estos años la he visto sufrir, sufrir por amor; aunque me ha explicado por qué no mantiene con Dani una relación estable, soy incapaz de entenderla. Quizá la cuestión es que no sé ponerme en su lugar ya que nunca lo he estado, enamorada me refiero, enamorada de verdad. De hecho, siendo testigo de su experiencia con los respectivos bajones y subidones, con el pensamiento atado a él, pendiente de sus llamadas y mensajes, y de tantas cosas que deben dar vueltas en su cabeza, prefiero quedarme sin saber lo que es el enamoramiento y seguir viviendo tranquila. Olga lleva así muchos años, enlazada a un amor indefinible, de hecho sé perfectamente que el padre de los gemelos es Dani, aunque ella dijo que era Logan, pero las fechas “cantan” y su cara también (cuando mi amiga miente, disimula muy mal). Tampoco entiendo por qué ni quiere, ni ha querido casarse con Dani y, de repente, conoció a Logan y la boda fue un dicho y hecho. Según ha comentado siempre, compartir la vida con Dani sería convertirse en una presa del amor. Ni siquiera sé si lo han hablado, creo que no; Olga es una mujer muy especial, Dani un hombre desconcertante. Tener expectativas de futuro con él es de ser poco realista, ha respondido Olga cada vez que le he preguntado el por qué no tienen una relación “normal”. También sé que a Logan lo quiso mucho y fue feliz con él, pero sin olvidar a Dani, de hecho ahí sigue: formando parte de su vida. Sinceramente, espero no enamorarme nunca ¡qué angustia!

Hemos quedado en una cafetería cercana a la universidad, he venido directamente al salir del trabajo. Veo que ha sido más puntual que yo, espera en una mesa del fondo. ¡Ay! Empieza la taquicardia, ¿esto lo va a aguantar mi corazón? Me ha visto, mira hacia mí; por favor que no me tropiece. Es sumamente atractivo, me recuerda a alguien pero no sé a quién, en la forma de los ojos, en el cabello canoso de corte aireado. Sonríe, ¡se parece a Richard Gere! Se pone en pie para saludarme, me da dos besos ¿significará algo esta repentina confianza? Hasta hoy no se ha percatado de mi existencia y de repente estamos juntos, fuera del trabajo, hablando, bueno, él habla y yo escucho porque soy incapaz de articular palabra.

— ¿Estás casada? — menuda pregunta hace, al grano como Olga, interesándose por el estado civil.
— Lo estuve, me divorcié hace años — le respondo un tanto desconcertada.
¿No habíamos quedado para hablar de trabajo? Ahora me mira fijamente, sin pestañear, en cambio a mí se me ha disparado el tic nervioso que en ocasiones incordia a mi ojo derecho.

— Eres muy simpática, Isabel — rompe el silencio con esta frase, dudo qué responderle. Es la primera vez que me dicen que soy simpática, más bien soy neutra, aunque mi hija me considera graciosa, sobre todo cuando canto y bailo con la escoba; las tareas caseras son un tostón, algo de ánimo les tengo que poner…

— Y muy guapa — añade el duplicado de Richard Gere provocándome un sofoco que seguro se evidencia en mis mejillas.

Aprovechando el brote de timidez desciendo la mirada y observo sus manos, no lleva anillo. Me empiezo a relajar y entablamos una conversación, me encanta su forma de hablar con marcada pronunciación, su voz gruesa. Me desinhibo; estoy a gusto, feliz.

Mi estado de hilaridad es interrumpido por el timbre del teléfono, Olga me reclama al otro lado de la línea:

— Estoy en el gimnasio, ¿a qué hora piensas venir? — su tono instigador me hace mirar el reloj y reaccionar ¡llevamos unas tres horas aquí sentados, charlando como si nos conociéramos de toda la vida!

— Llego en diez minutos — respondo a mi amiga. Poniéndome en pie me despido de Alberto con un “hasta mañana”, lo planto y avanzo a paso ligero. Menos mal que al salir de casa metí en el coche la bolsa del gimnasio. Conduzco como no se debe, de manera imprudente, no sé si por las prisas o por la euforia que siento y me obnubila.

Ahí está Olga machacándose en la cinta, miradas lujuriosas la bañan, no es de extrañar, tiene tipazo y es guapa. Luce unos esplendidos cuarenta y tantos. Me ha visto y con la mano me indica que suba a la cinta de al lado. Me siento enérgica, me apetece correr, le voy a dar velocidad.

— Has tardado mucho — me recrimina. — ¿Qué es eso que me tienes que contar? — se interesa.
— He estado un rato con el nuevo vicerrector, es un hombre interesante, agradable. Me gusta.

Olga afloja la velocidad de la cinta hasta que se para. Presiona el botón de la mía, en cuanto se detiene me hace bajar y, tirándome de la mano, me lleva hasta una zona de reposo.

— Siéntate. Cuéntamelo todo, con detalle.

Le narro íntegramente lo acontecido desde el primer día que Alberto llegó a la universidad y mis ojos lo pescaron; más bien fue él quien pescó mis ojos, desde entonces no dejan de mirarlo. Cuando le cuento que hoy nos hemos visto fuera del trabajo y de lo que hemos estado charlando, con una media sonrisa me pregunta si está casado. A lo que respondo que no lleva anillo.

— Hay muchos casados que se lo quitan… ¿Cómo es? ¿Qué edad tiene?
— ¡Qué más da su edad! Es un maduro muy atractivo, se parece a Richard Gere.

Olga suelta una carcajada. Dice que ahora entiende mi cambio de look, el brillo de mis ojos y el repentino interés por la gimnasia. Me riñe por no habérselo contado antes. Me desahogo soltándole lo rápido que me late el corazón cuando lo veo, las ganas que tengo los fines de semana de que llegue el lunes, que hoy he tenido que contenerme para no lanzarme a su boca.

— ¿Labios carnosos? – pregunta haciéndome un guiño.
— ¡Sí! Y una voz preciosa, muy viril – añado con evidente entusiasmo.
— Isabel, te has enamorado – afirma.
— ¡Qué va! ¿O sí? – dudo, pienso, rememoro, analizo, hago un flashback. ¡S.O.S. Me he enamorado!

6

OLGA

Isabel se ha enamorado. Aunque la confirmación la tuve ayer, llevaba días presintiendo que algo bueno le sucedía. Digo algo bueno porque enamorarse lo es, siempre que el sentimiento sea correspondido. De momento, por lo que me ha contado, parece que la atracción es mutua. También le va a tocar sufrir, lo sé por experiencia; no la voy a alertar, estaré al tanto para cuando mi hombro le haga falta.

En mi caso, el día que asumí estar enamorada, en lugar de vivir en plenitud esa felicidad que me ofrecía la vida, tomé la insana decisión de eludir mis sentimientos. No me arrepiento de ello, al “alejarme” de Dani, abrí mi corazón a otra persona. Hubo gente que me criticó cuando me casé con Logan, por el mero hecho de ser un millonario catorce años mayor que yo. Como siempre, no me importó en absoluto lo que la gente envidiosa y alcahueta dijese o pensase. Me casé con Logan porque me supo conquistar, me gustaba, lo admiraba y lo quería; sí, lo quise mucho pese a estar enamorada de otro hombre.

Logan fue mi bastión, el gran apoyo que necesitaba justo cuando nos encontramos. Lo conocí volviendo de un viaje a Londres, ambos viajábamos en primera clase, en asientos colindantes. Estaba cansada, me dolía la cabeza y se dio cuenta enseguida. A los cinco minutos del despegue pidió un vaso con hielo a la azafata, lo rodeó con su impoluto pañuelo de tela y extendió el brazo diciéndome: — Buenas tardes. Hágase un masaje en la frente, de sien a sien, le aliviará el malestar. – Su atención, educación, voz susurrante y el halo de paz que
desprendía, me atrajeron. Aun así, ni por un instante se me pasó por la cabeza tontear con él. Hacía escasos días que me había enterado de mi embarazo, estaba decidida a ser madre soltera. Me ganaba bien la vida y, aunque nunca antes había pensado en la maternidad, al conocer mi estado me sentí preparada y lo suficientemente responsable para traer al mundo una vida (resultaron ser dos).

El avión aterrizó, el masaje con el vaso helado me había calmado el dolor de cabeza y hasta pude echar una cabezadita. Logan se ofreció a acompañarme a donde fuera, me dijo que un chófer venía a recogerlo. Le dije, agradecida, que cogería un taxi, como siempre hacía. Entonces me preguntó si me gustaba la ópera. Ahí me pilló, ¡me encanta la ópera! y ninguna de mis amistades comparte esa pasión, las veces que he ido ha sido sola. Me pareció una excelente idea ir con aquel maduro, atractivo y detallista, a disfrutar de una de mis mayores pasiones. Tres días después, el viernes por la tarde, lo esperaba en el portal del edificio donde entonces vivía. Llegó a la hora prevista, puntualidad británica.

Envueltos por el melodrama de La Traviata, me agarró suavemente la mano y la besó. Emocionada, mantuve la mirada fija en el escenario. Nuestras manos siguieron asidas hasta el final del último acto, se soltaron para aplaudir. Le respondí afirmativamente al proponerme una segunda cita, y ese día, para evitar que se hiciese falsas expectativas, le dije que estaba embarazada de dos meses y dispuesta a ser madre soltera. Me felicitó, y añadió: — Me gustaría ser padre. – Nos casamos veinte días después, en una ceremonia íntima. Actué de manera impulsiva, aposté y tuve la suerte de acertar. Encontrar a un hombre como Logan es dificilísimo, antes de conocerlo pensaba que era imposible, que ese tipo de hombres no existían. Nos dio mucho amor, tanto a mí como a “nuestros” hijos. Fui inmensamente feliz a su lado, pese a ello, todos los días, en algún momento, en mis pensamientos, irrumpía Dani.

Dani y yo llevábamos algo más de dos meses sin vernos ni mantener tipo alguno de comunicación, desde el día de nuestro primer “Te amo”, el día que fui consciente de que estaba enamorada y hui. De repente, tras mi boda, recibí un mensaje suyo, decía: “Ha llegado a mis oídos que te has casado. Me arrepentiré toda la vida de haber vocalizado mis sentimientos.” Claro y conciso. Mi primer impulso fue telefonearle, lo refrené. ¿Qué le iba a decir, qué me asustaba estar con el hombre al que amaba? Esa era la verdad, me daba pánico ser víctima del corazón, perder el raciocinio y convertirme en presa del amor. En las relaciones sentimentales no suele existir un equilibrio, normalmente una de las dos partes se vuelca más que la otra, da más, su entrega es mayor y su sufrimiento también. Estaba y sigo convencida, de que una vida junto a Dani, me supondría una dualidad constante de euforia y congoja; me centré en la nueva etapa que había empezado junto a Logan y en mi embarazo, aunque la tentación de enviarle un mensaje reconciliador la tuve cada día. Y así se mantuvo nuestro silencio hasta que recibí una llamada suya, fue poco después de haber dado a luz. Pese a estar disfrutando de una sensación de plenitud vital, con solo escuchar su voz anhelé sus besos, al tiempo que presagié nuestro irremediable y eterno vínculo.

— Me han dicho que has sido madre. Enhorabuena.

Le agradecí su llamada. Pensé que a continuación me preguntaría si los gemelos eran hijos suyos, que aunque no quisiera responsabilizarse de su paternidad, por lo menos se interesase por ellos. Pero no me preguntó. ¿Quizá Dani pensaba que estando con él también mantenía relaciones con Logan? ¡Si aún no lo había conocido! Claro está que él no lo sabía. Nuestra relación nunca comportó compromiso ni “exclusividad”, tampoco nos dábamos explicaciones, ese era el acuerdo, ¿era un buen acuerdo, era la relación ideal? No, ¿cuál es la relación ideal? ¿Acaso existe?

Pues bien, no me preguntó por los bebés, lo que hizo fue darme una noticia que me enrabió:

— Espero que seas muy feliz con tu familia, Olga. Yo voy a intentar seguir tus pasos, de momento tengo novia. Conociéndome seguro que te parecerá raro. Se llama Beatriz, es periodista.

¿Por qué me daba tantas explicaciones, para ponerme celosa, para fastidiarme, para vengarse? Hipócritamente le deseé suerte, tras un rápido y seco “adiós” colgué. Me tragué las ganas de llorar, corrí por la casa hasta el despacho de Logan y me abracé a él. Mi marido respondió a mi efusiva expresión de cariño, rodeada por sus brazos me sentí reconfortada. Deseé estar enamorada de él y no de Dani, me propuse esforzarme para conseguir que así fuera. Aún consciente de que tal propósito era absurdo, me negaba a aceptar la realidad: El enamoramiento es incontrolable e irracional. Es un sentimiento que aparece sin aviso, sin permiso, que te engulle y domina sin opción a elección. No podemos escoger de quién nos enamoramos, está fuera de nuestro control.

A quién también le extrañó mi matrimonio con Logan fue a Isabel, sobre todo porque me había escuchado un sinfín de veces que jamás me volvería a casar. En todos estos años me he dado cuenta de la sabiduría que encierra el refranero español. Nunca se puede asegurar “De este agua no beberé”, pues la posibilidad siempre existe. Aunque no se lo he dicho, Isabel sabe que los gemelos son hijos biológicos de Dani, mi amiga era conocedora de que, durante el tiempo que mantuve relaciones con él, no estuve con ningún otro. Y, obviamente, sabe contar. Todos estos años he preferido no hablar de ese tema; Mis hijos son inmensamente afortunados, además de por todo lo inmaterial (amor, entrega, educación…) que recibieron de su padre cuando vivía, por la herencia que les ha quedado y que yo gestiono: Siete clínicas privadas repartidas por Europa y los Estados Unidos, entre otras cosas. Logan era un médico de prestigio, un científico concienzudo, una persona íntegra, un marido y padre ejemplar. No estuve a su altura y de eso sí me arrepiento, tendré remordimientos toda mi vida. Le fui infiel.

El día que Marta y Alex cumplieron un año, durante la celebración, no cesé de pensar en Dani; los miraba a ellos y lo veía a él. Tuve un golpe de añoranza, de lo que habíamos tenido. Y una extraña sensación de melancolía, de lo que habíamos dejado perder. ¿Debe el orgullo interferir en el amor? En nuestro caso, lo hizo.

Por la noche no podía conciliar el sueño. Los pequeños dormían y Logan leía en la biblioteca. Salí al jardín con el teléfono móvil en la mano; sentía una necesidad imperiosa e inexplicable de contactar con Dani. Le envié un mensaje:
“Hace tiempo que no sé de ti. Espero que estés bien”

Me tumbé en una hamaca y miré al cielo; ausencia de estrellas, oscuridad húmeda. La noche, implacable, me invitaba a soñar. Luché contra mis pensamientos e intenté ser coherente, si tenía más de lo que podía desear, ¿por qué seguía torturándome con Dani? No debería hacer cábalas sobre su vida, pero ineluctablemente me preguntaba si alguna vez pensaba en mí, si todavía seguía con la novia de la que me habló, si estaba bien y era feliz. Todo ello me importaba y, en el fondo, deseaba que pensara en mí tanto como yo en él. Noté una vibración, miré el teléfono, era un mensaje de Dani, el corazón me dio un vuelco, leí:
“Pienso mucho en ti… Te echo de menos…”

Me alegré lo indecible con aquellas palabras. No me había olvidado, me tenía presente, ¡me echaba de menos!

“Quiero verte” Le respondí arrastrada por un impulso irracional. De inmediato me propuso día, lugar y hora.

Mentiría sino reconociese que me entraron ganas de lanzarme a sus brazos, a sus labios, nada más verlo. Dani mantenía su peculiar atractivo, la mirada con la que me lo decía todo; todo lo que me amaba y deseaba. Habíamos quedado para comer en el reservado de un restaurante, recordando viejos tiempos en los que éramos asiduos a dicho lugar. En la misma mesa en la que nos empezaron a servir los platos, habíamos gozado años atrás con una pasión desbordada. Allí, sentada frente a él, conversando y brindando por nuestras respectivas vidas, me di cuenta de la imprudencia que estaba cometiendo. Pese a ello, me dejé llevar por el momento, por el armonioso ambiente que nos envolvía. El tiempo pasó rápido.

El camarero entró con el postre, pequeñas trufas. Preguntó si íbamos a tomar cafés, le pedimos dos mentas con hielo, las sirvió raudo y Dani le dijo que podía despreocuparse, ya estábamos servidos y queríamos intimidad. Ambos sabíamos lo que iba a suceder, se respiraba deseo y excitación. Abandonó su silla y tomó asiento a mi lado, cogió una trufa, abrí la boca, me la introdujo, su lengua a continuación. Jugamos con la trufa, con las lenguas, nuestros labios se mordisqueaban; nos abrazamos con fuerza, las mejillas rozadas, respiración jadeante.

— Vamos a mi piso – me susurró al oído.

En su cama culminamos el deseo contenido en el tiempo, sofocamos el fuego tras llegar al éxtasis en pleno incendio. Hacer el amor con la persona de la que estás enamorada te eleva a otra dimensión; El placer se apodera de los sentidos, ahoga a la realidad, emerge la quimera.

Dani y yo seguíamos sintiendo lo mismo, con más intensidad si cabe. Vibrando sobre el lecho, nos repetimos una y otra vez las dos palabras que años atrás nos separaron: TE AMO.

Salí de su casa pensando en nuestra próxima cita, habíamos quedado en vernos la siguiente semana. Cogí un taxi; aún me temblaban las piernas, aún lo sentía muy adentro, aún me latían los labios, todo mi cuerpo olía a él.

El estado de júbilo que me envolvía, se hizo añicos al llegar a mi hogar y encontrarme con Logan en la entrada. Me miró serio, extrañado.

— ¿Vienes sin bolsas, no traes ningún paquete? Creía que habías ido de compras.
Por primera vez en la vida sufrí un bloqueo mental, mi reacción fue lenta.
— Olga, ¿te paso algo?

Vi preocupación en el rostro de mi esposo.

— Estoy bien cariño. Claro que he comprado, varios vestidos y algún pantalón. Se los he llevado a la modista para que me haga unos pequeños arreglos – improvisé.

Me abrazó al tiempo que me dijo lo mucho que me quería. Jamás me había sentido tan asquerosamente culpable. Logan no se merecía lo que le había hecho, Logan no se merecía un engaño de tal magnitud, mi marido no se merecía ningún tipo de engaño. Estuve tentada de decirle la verdad y pedirle perdón, pero, ¿habría servido de algo? Únicamente me habría servido a mí para expiar la culpa, para descargar el remordimiento. ¿Pero a él?, a él le habría provocado un enorme e innecesario sufrimiento.

Subimos juntos a ver a los gemelos; Alex gateaba y Marta ya daba sus primeros pasos. Logan se tiró al suelo a jugar con ellos. Mis pequeños reían con el hombre que, desde el primer minuto de sus vidas, hizo las funciones de padre. Los observé enternecida. Tenía una familia feliz, una vida plena y un amante. Sin duda, la nota discordante era el amante. Con urgencia, debía rehacer la partitura.
Una semana después, según lo previsto, acudí a casa de Dani. Su primer impulso tras abrirme la puerta fue darme un beso; le giré la cara.

— ¿Qué te pasa? – me preguntó confuso.

Avancé delante de él por el pasillo, llegamos al salón. Dejé mi bolso sobre la mesa y le pedí un vaso de agua. Tenía la boca seca y un nudo en la garganta.

— Me estás asustando, Olga. ¿Piensas decirme qué te sucede? – insistió.

Tomé asiento en el sofá y le sugerí con un gesto que se sentase a mi lado. Le cogí la mano y lo miré a los ojos. Fui muy clara, las palabras fluyeron haciendo gala de mi característica sinceridad:

— Dani, soy incapaz de seguir con esto. La infidelidad y yo somos incompatibles, necesito orden en mi vida, serenidad. Ya no soy la mujer sin compromisos que conociste, de la que te enamoraste. Ahora tengo un marido, hijos, mi familia me espera. No puedo llevar una doble vida, ¿cómo voy a hacer el amor con Logan después de haber estado contigo? ¿Y tú?, ¿qué pasa con tu novia?
— La dejaré.
— Si la dejas, que no sea por mí. Ya te he dicho que mi familia me espera.
— Nos podemos ver de vez en cuando, Olga. Necesito seguir teniéndote en mi vida.
— ¿Prefieres seguir viéndome, aun sabiendo que cada noche me acuesto con otro hombre?
— No soporto pensar en eso. Me tortura la realidad: me dejaste y te fuiste con él. Ahora creía que te había recuperado, veo que no… Supongo que esto es una despedida, Olga, ¿lo es? – me miró fijamente, vi en sus ojos duda y esperanza.
Sumida en una inmensa tristeza, le acaricié el rostro. Me levanté y cogí el bolso.
— Adiós, Dani.

Fueron las únicas palabras que pude pronunciar. Durante mucho tiempo nos mantuvimos alejados, ni nos vimos ni nos llamamos. Sin embargo, en nuestro caso no resultaron ciertos los dichos: “La distancia hace el olvido” o “El tiempo lo cura todo.”

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