¡S.O.S! Me he enamorado, de Trinidad Fuentes. Capítulos 7 y 8

SOS me he enamorado, capítulos

7

ISABEL

¡He tenido un orgasmo! ¡Uno tras otro! Hasta ahora había vivido en la ignorancia de mi “multiorgasmia”, de hecho, pensaba que era frígida. Cuando empecé a tener sexo con mi marido, según cómo y dónde me tocaba, sentía un poco de gusto. Pronto dejé de sentirlo, las relaciones sexuales se convirtieron en una obligación, lo que mi devota abuela denominaría: “el sagrado deber de complacer al esposo.” Incluso hubo un tiempo que pensé en ponerle algo en las comidas que le disminuyese tanta fogosidad. Lejos de ejecutar dicho pensamiento, me resigné a “cumplir con mi obligación”, pero me cansé de fingir y, obviamente, se dio cuenta de mi apatía, aburrimiento y hartura. Fue él quien me dijo que era frígida, en aquel entonces aquella palabra era desconocida para mí. La busqué en el diccionario y pensé que tenía razón, lo era.

Durante la corta relación que mantuve con Rom, sentía cierto placer (por llamarlo de alguna manera), pero, como ya sabía (estaba convencida de ello) que era frígida, me conformé, no podía aspirar a más.

Hoy he experimentado el renacer de mi vida sexual, y quiero repetir mañana, pasado, al otro y al otro y al otro… ¡Qué manera de gozar! Cuánto más me decía Alberto: — ¡Goza, goza, goza!, más gozaba. Su despacho se ha convertido en templo de erotismo, de lujuria.

A primera hora de la mañana se acercó a mi mesa y me propuso, en voz baja, volver a quedar en el sitio de ayer. Le respondí afirmativamente con un ligero movimiento de cabeza. ¡Otra cita improvisada!

He pasado todo el día en una nube de ilusión, lo que no imaginaba era que iba a tocar las estrellas.

La jornada laboral se me ha hecho larga, supongo que por las ganas de reencontrarme con Alberto; se había ausentado antes de la hora del desayuno y ha vuelto varias horas después, justo cuando me disponía a apagar el ordenador e ir al baño a acicalarme. Ha aparecido delante de mi mesa y me ha dicho que lo acompañase a su despacho. Me ha dado un sofoco la verlo de repente, sin esperarlo. He mirado hacia la mesa de al lado, la agorera ya se había ido. El resto del personal estaba saliendo. He seguido al vicerrector, me ha pedido que cerrase la puerta al entrar.

— Ayer te fuiste muy rápido, casi me dejaste con la palabra en la boca – me ha dicho. ¿O reprochado?
— Disculpa, no era mi intención. Llegaba tarde a una cita – me excuso. – A una cita con mi amiga – puntualizo.
Con una amplia sonrisa me ha dicho que soy encantadora, a lo que ha añadido:
— Antes te he propuesto vernos esta tarde, pero me ha surgido un imprevisto, ¿lo dejamos para mañana?

¡Mi gozo en un pozo! Pronto empieza a darme calabazas (he pensado). Supongo que se ha fijado en la expresión de mi rostro que gruñía decepción. Se me ha acercado y me ha dado un beso, un beso inolvidable. Echando un paso atrás me he apoyado en la pared, por si me mareaba, creo haber sufrido una subida de tensión. Él ha estirado el brazo y echado la llave a la puerta. Mi tensión se ha disparado aún más cuando he visto venir lo que iba a acontecer. Alberto se ha arrimado a mi cuerpo, restregado, acariciado, es un hombre que rezuma pasión. No recuerdo si me he desnudado yo, si me ha desnudado él, o si lo hemos hecho mutuamente. Cuando he recuperado el aliento y la “consciencia” he visto la ropa esturreada por el suelo, revuelta la suya con la mía.
Ahora, tumbada en el sofá, agotada como si me hubiese castigado en el gimnasio diez horas ininterrumpidas, rememoro el dulce recorrido de sus manos por todo mi cuerpo.

Estaba entrando en un plácido estado de somnolencia cuando ha llegado Ariela. Me gusta escuchar el sonido de la cerradura indicándome que mi niña ya está en casa y, aunque sé que a sus veintiocho años pronto volará de aquí, me niego a pensar en ese momento. La echaré tanto de menos…

— ¡Qué cara de placidez! ¿Has bebido? – bromea al verme.
No he bebido pero estoy ebria, atontolinada, borracha de satisfacción y placer (no se lo he dicho, solo lo he pensado). Me espabilo al ver que Ariela viene acompañada. Enseguida abandono el sofá y abrazo a Laura, la mejor amiga de mi hija. Las dos están serias, es evidente que algo les preocupa.
— ¡Cuánto me alegro de verte! ¿Cómo estás? ¿Qué tal te va todo? – le acribillo a preguntas, todas con buena intención.
— Bueno… Más o menos… — responde medio cabizbaja.
— Laura está embarazada – lanza mi hija. – De dos meses, necesitamos tu consejo, tu ayuda.
— ¿Cómo se lo voy a decir a mi padre? Lo voy a matar del disgusto – llora Laura.
Respiro hondo antes de tomar la palabra. Me viene a la mente su difunta madre, con la que tuve una estrecha relación de amistad. Miro a mi hija y pienso cual sería mi reacción si se encontrase en la situación de Laura. Pausadamente inicio una especie de responso:
— No soy tu madre, pero por la amistad y cariño que me unía a ella, te voy a hablar como si lo fuera. Seguro que a tu padre le vas a provocar un profundo descontento, no tanto por el hecho de que estés embarazada (que también) más bien por quién es la otra parte, que imagino es ese novio tuyo autoritario y gandul. Con el tiempo tu padre superaría el disgusto, aunque quien de verdad me preocupa eres tú, que desde que conociste a ese chico pareces otra persona. ¿Dónde están tu alegría, tus risas, tus ganas de vivir? Apenas te vemos, parece que te tenga secuestrada.
— Él es bueno. Está pasando por un mal momento porque no encuentra trabajo y eso le provoca mal humor. Es lógico que quiera estar el máximo de tiempo posible conmigo, no creas que es tanto, entre mi trabajo y los estudios pocas horas libres me quedan. No es tan autoritario como os pensáis, lo que pasa es que está deprimido, por eso se le está agriando un poco el carácter.
— ¿Depresión? Lo que tiene es holgazanería – interviene Ariela. – Dejó los estudios porque suponían un esfuerzo. En los trabajos que encuentra dura una semana, la de prueba, ¿quién quiere contratar a un vago? Y la mayoría de las veces descarta empezar a trabajar porque el sueldo es bajo, y claro, para que lo “exploten”, prefiere ser él quien explote a sus resignados papis. Además, también te tiene a ti para que sufragues parte de sus gastos de tabaco, cervezas, etcétera. ¿De verdad quieres tener un hijo con ese individuo?
— ¡No, no quiero ser madre todavía! – explota Laura. – ¿Qué otra opción me queda?, el aborto está descartado, tanto él como su familia son religiosos. Me han dicho: Bienvenida sea toda nueva vida que Dios manda a este mundo.
La escucho perpleja. Ahora soltaría una ristra de improperios hacia esa arcaica forma de pensar. Me contengo. Cada cual tiene su manera de ver las cosas, el respeto vaya por delante. Claro está que, de manera educada, le voy a transmitir a Laura cómo veo la situación:
— Laura, tranquilízate y podrás ver las cosas con objetividad. Eres una mujer joven e inteligente, además fuerte y voluntariosa. Tienes un defecto gordo, confundes el amor con la pena. ¿De verdad estás enamorada de tu novio? A mí me da la sensación de que te da lástima, aunque no debería dártela. Él se aprovecha de que eres demasiado buena persona, conoce tu punto débil, se hace la víctima y reclama toda tu atención. O dicho de otra manera: pretende que tu vida gire en torno suyo. No obstante, aunque tuvieses un novio maravilloso, mi consejo sería el mismo: Tú eres quien está embarazada, tuya es la decisión de qué hacer. Alguno de los que te han dicho “Bienvenida sea toda nueva vida que Dios manda a este mundo”, ¿ha pensado en tu vida? Ese novio que tienes, por el mero hecho de haber soltado un escupitajo por el pene, ¿ya se siente padre? ¿O lo que ve es la ocasión de atarte aún más?
— Si aborto me dejará – afirma contundente.
— Es lo mejor que te puede pasar – suelta mi hija.

Escucho a Ariela orgullosa de ser su madre. Me tranquiliza esa forma que tiene de ver la vida, su mente abierta, sus ideas claras. Me viene al pensamiento una frase de Santo Tomás de Aquino: “Los hombres tienen hombros anchos y caderas estrechas. Están dotados de inteligencia. Las mujeres tienen hombros estrechos y caderas anchas, para tener hijos y quedarse en casa.” Hay que ver qué conclusiones tan absurdas y machistas. Lo peor, es que en el siglo XXI, todavía hay gente que comulga con esas ideas. Me pregunto cuánto perdurará la cultura androcéntrica, hasta cuándo la creencia de que las mujeres deben cuidado y sumisión a los hombres.

Le digo a Laura que, decida lo que decida, cuente con mi apoyo. Eso sí, que recapacite muy seriamente, pues ahora lo que está gestando es un feto, pero si sigue adelante nacerá una criatura que cambiará radicalmente su vida. Aunque ha dicho que todavía no quiere ser madre, espero que sea más fuerte su convicción que la influencia del cansino de su novio. Me despido de ella con un fuerte abrazo, intento transmitirle la calidez que en estos momentos tanta falta le hace. Ariela la acompaña hasta la salida, desde el salón las escucho cuchichear, seguro que mi hija le está soltando un rapapolvo con la mejor de las intenciones, para hacerla reaccionar y evitar que arruine su vida.

Ariela todavía no me ha presentado a ninguna conquista. Sé que ha tenido sus devaneos, me ha hablado de ellos, todos amoríos pasajeros, ninguno ha cuajado. Creo que ahora está saliendo con alguien; el otro día en el tendedero vi lencería de encaje, señal inequívoca de que ha iniciado una relación amorosa. ¡Oh! Ahora caigo que yo también debería comprarme algún conjunto sexy, o por lo menos braguitas en lugar de braga-faja. Aunque para lo que dura puesta…

8

OLGA

Intuyo que Isabel ha experimentado una sensación que mantenía ignota: el placer sexual. Intento inútilmente que se centre en la conversación. Físicamente está aquí, sentada frente a mí, pero a saber dónde flota su pensamiento. Supongo que el vicerrector es el causante de esa mirada volátil y sonrisa boba. ¿A qué espera para contármelo? Pese a que tenemos mucha confianza, a Isabel le cuesta hablar de ciertos temas, pasan los años y sigue siendo púdica e incauta, aunque cada vez menos.
Abandono el soliloquio que debería ser una conversación y le pregunto qué tal le va con el vicerrector. ¡Un repentino rubor le traspasa hasta el aura! No me cabe la menor duda, han intimado. Me lo confirma con la emoción propia de una adolescente, me da algunos detalles, se lanza a explicarme más. Me alegro lo indecible de verla tan feliz. Escucharla me hace pensar en Dani, en lo nuestro, en la pasión infinita que nos ata.
Después de lo que parecía una despedida definitiva, Dani y yo no mantuvimos ningún tipo de contacto hasta pasados dos años. Mentiría si dijese que durante ese tiempo me había olvidado de él, siempre lo tuve presente, cada día, en algún momento, invadía mis pensamientos. El día que respondí a una llamada de número desconocido y escuché su voz, me subieron de golpe la adrenalina, la serotonina y la bilirrubina.
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Cuando respondí a la llamada me encontraba en un jardín paseando con los gemelos, Claudia nos acompañaba. Me rezagué unos metros, las palabras de Dani ralentizaron mis pasos, el mecanismo de defensa se me activó y dudé si escucharlo o colgar.
— Necesito verte, Olga. Te añoro muchísimo.
— Dani, ha pasado el tiempo, mi situación sigue siendo la misma que la última vez que nos vimos, ya la conoces…
— Lo sé, no tengo más pretensiones que estar un rato charlando contigo, un encuentro inocente, Olga. Por favor…
Más por anhelo que por educación atendí a todo lo que me dijo e incluso acepté su propuesta: vernos en la terraza de un bar cercano.
Intentando disimular el repentino júbilo que me abordaba, le dije a Claudia que volviese a casa y empezase a preparar la comida.
Al vernos llegar, vislumbré en su rostro sorpresa. Supongo que no esperaba que me presentase con Marta y Alex. Enseguida una tierna sonrisa se apoderó de él y, por ende, de mí. Alex iba en el cochecito y la inquieta de Marta asida de mi mano, con cierta fuerza por mi parte, porque intentaba soltarse. Siempre ha sido un remolino de niña. Dani se levantó y nos dimos un abrazo, ¡uf! qué difícil era tenerlo cerca y no caer en la tentación de un beso o una caricia. Le dijo algo a Alex, el niño se mantuvo callado, serio y observador. En cambio Marta le estiraba del pantalón riéndose; era y es frecuente en ella reírse sola, de cualquier cosa, posiblemente de sus inocentes y al tiempo maquiavélicos pensamientos. Dani la cogió en brazos, ella le estiró del pelo sin perder su carita de nena buena.
— Toma – le dijo dándole una galleta que iba comiendo.
Marta, a sus dos años, hablaba mucho y se le entendía poco. Aunque algunas palabras las decía claras y ya construía frases. Dani le dio las gracias y cogió la galleta, entonces ella se la pidió, al momento se la volvió a ofrecer. Dani reía a carcajadas. — ¡Eres idéntica a tu madre! – exclamó. – Intentas volverme loco. Tu madre lo ha conseguido, estoy loco de amor… — me clavó su profunda mirada. Mi corazón de “chica dura” se resquebrajó. Parecía un hombre dichoso con mi hija, nuestra hija, en brazos; pensé que era la ocasión ideal para decirle
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que era el padre de los gemelos. Cuando intenté hablar se solaparon nuestras palabras y opté por escuchar las suyas.
— ¿Qué ibas a decirme? – cuestionó. Nos habíamos sentado, él seguía con la pequeña en brazos.
— Di tu primero – insistí.
— Gracias por venir, Olga. Necesitaba verte. Te echo mucho de menos. Pasa el tiempo y lejos de olvidarte cada día pienso más en ti. Quisiera que todo fuese diferente, como antes, teníamos una relación perfecta.
— Te equivocas Dani. Ni nuestra relación era perfecta ni nada volverá a ser como antes. La vida es un trasiego de circunstancias, actuaciones y consecuencias.
— ¿Estás bien con tu marido?
— Sí, muy bien. ¿Y tú con tu novia?
— Hace más de un año que rompimos.
Al escuchar aquello me alegré, seguro que me lo notó dada la incapacidad que tengo para fingir. Le dije que lo lamentaba, obviamente mis palabras sonaron falsas.
— No seas hipócrita conmigo, Olga. Sé muy bien que te alegra mi ruptura con Beatriz. Sigues sintiendo algo por mí, ¿verdad?
Callé. Le di agua a Alex que seguía de observador sentado en el carrito. Cogí fuerzas y le hablé con franqueza.
— Mis sentimientos por ti siguen siendo los mismos, Dani. Pero no puedo serle infiel a mi marido, solo de pensarlo me siento mal. Con lo fácil y habitual que es para otras personas, a mí me supone un trauma.
— Lo sé, cariño. Te comprendo. El deseo de hacer el amor contigo siempre está ahí… pero es mucho mayor el deseo de que me quieras, de saber que me amas. Yo te amo, Olga, eso transciende lo físico, va mucho más allá. El sexo con amor es maravilloso, pero el factor más importante es el sentimiento.
A veces Isabel me ha dicho que no comprende lo que hay entre Dani y yo. Nunca tengo respuesta porque ni yo misma lo sé. En el mundo de los sentimientos hay tantas cosas que se escapan del enten50
dimiento, que es mejor no buscar una explicación, un razonamiento. Con la alegría de haberlo visto de nuevo y la pena de tenernos que despedir, le cogí a Marta del regazo y la senté en el cochecito. Mi intención de decirle la verdad sobre los gemelos se volvió a bloquear, me sentí incapaz.
— ¿Me escuchas? – pregunta Isabel haciéndome volver al presente. — ¿Qué opinas? ¿Crees que le gusto?
A veces mi amiga a sus cuarenta y nueve, es más niña que Marta con doce años. Claro que le gusta al tal Alberto, otra cosa es para qué. Lo único que sabemos de él es que ocupa un cargo de vicerrector, que no lleva anillo de casado y que es sexualmente fogoso. Le digo a Isabel que disfrute del intenso momento que está viviendo y se deje de hacer cábalas. También le insinúo que sea un tanto desconfiada, prácticamente no lo conoce. Y que toque tierra; ilusiones las justas.
— Mira quién fue a hablar, la que se pasa la vida soñando despierta – me reprocha.
Isabel está en la desquiciada fase denominada “enamoramiento”. Apenas conoce a Alberto y magnifica todo en él, hasta su forma de caminar. Lo ve único, perfecto. Apenas duerme deseando que llegue el día siguiente para reencontrarse con él. Todos los cambios que ha realizado en su imagen están enfocados a gustarle, a atraerlo, y lo ha conseguido. Científicamente sé que el enamoramiento es un proceso bioquímico, que la fuerte atracción que experimentan dos personas conduce a transformaciones químicas y biológicas. Sin embargo, y aun siendo una mujer de ciencias, me gusta ver el enamoramiento como algo más que reacciones bioquímicas. Es una fase tan especial y bonita que vivirla vale la pena, aún si el final de la misma no es el que imaginas en ese primer estadio de idealización y ensueño. Deben existir excepciones sobre la breve duración que se presupone a tan maravillosa situación; en mi historia con Dani el enamoramiento sigue activo, pese al paso de los años, a las rupturas, a los reencuentros y desencuentros, a las dudas, a los secretos. De hecho, creo que si nos hemos mante51
nido tanto tiempo en un contexto de ambrosía, ha sido gracias a no convivir juntos. En una ocasión, un amigo me dijo que la convivencia mata al amor. Quizá esa afirmación sea un tanto drástica, o no, lo que es indudable es que el compartir el día a día puede desgastar al amor hasta el punto de transmutarlo en una peligrosa y devastadora rutina.
En fin, veo a Isabel tan dichosa y dicharachera contándome los orgasmos que, palabras textuales, “han sido un milagro”, y lo dice una atea, que me voy a abstener de hablarle de Ariela. Su hija ha venido esta mañana a verme, quería contarme algo que no sabe cómo decírselo a su madre. Aunque Isabel se ha modernizado, el cliché de mujer actual de mente abierta lo sigo teniendo yo.

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